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El rey que quiso ser monstruo (y lo logró)

Sobre Michael Jackson, el horror como lenguaje y la estética que ningún manual supo clasificar

Hay una escena en Ghosts —el cortometraje de 1997 dirigido por Stan Winston con guion del propio Jackson y de Stephen King— que merece detenerse. El Maestro, personaje interpretado por Jackson, acaba de morir ante la mirada de una comunidad que lo ha perseguido durante toda la historia. Pero entonces el polvo en que se ha convertido se reagrupa. Vuelve. Y en los últimos minutos del filme, el cadáver reanimado baila entre los mismos vecinos que lo expulsaron, posee el cuerpo del alcalde, lo contorsiona, lo humilla, y finalmente se desintegra de nuevo —con calma, con elegancia— en el suelo de una mansión que ya nadie se atreve a llamar embrujada.

Es una secuencia de horror perfecto. También es una metáfora sin disimulo sobre lo que significa ser el artista que no puede ser perdonado por existir tal como existe.

Michael Jackson murió el 25 de junio de 2009. Tenía cincuenta años. Llevaba décadas viviendo dentro de una paradoja que la cultura del espectáculo nunca terminó de resolver: era el ser humano más famoso del planeta y, simultáneamente, la figura más deliberadamente construida para provocar incomodidad. Sus transformaciones físicas —documentadas, comentadas, juzgadas hasta el paroxismo— eran, entre otras cosas, un experimento estético de largo aliento que ningún crítico de arte convencional supo del todo leer.

La herencia visual que nadie supo nombrar

Antes de que existiera una industria de la estética alternativa tal como la conocemos hoy —antes de que el maquillaje de fantasía fuera accesible, antes de que los videoclips fueran tratados como obras de autor— Jackson ya estaba haciendo algo que merecía un lenguaje crítico propio.

El maquillaje de Thriller fue diseñado por Rick Baker, artista de efectos prácticos que había trabajado en An American Werewolf in London (1981). La transformación de Jackson en zombi no buscaba la repulsión pura: buscaba una criatura con ritmo. Los muertos de ese video no arrastran los pies; sincronizan, anticipan, responden. El horror coreografiado es una categoría que Thriller prácticamente inauguró en el audiovisual popular.

En Thriller, el vestuario —chaqueta roja con rayas negras, pantalón a la cadera, mocasines blancos— creó una iconografía tan precisa que todavía es reconocible en cualquier rincón del mundo. Pero es en Ghosts donde la propuesta estética alcanza su mayor complejidad: Jackson diseñó junto a Stan Winston una serie de transformaciones en las que su propio rostro se convierte en máscara, en calavera, en criatura sin piel. El horror aquí no viene del exterior —no hay persecución, no hay sangre— sino de la metamorfosis del cuerpo propio como declaración.

Hay algo profundamente gótico en esa decisión. La tradición gótica, desde Horace Walpole hasta Anne Rice, ha entendido el cuerpo como territorio de conflicto: entre lo que uno es y lo que el mundo quiere que uno sea, entre la vida y lo que persiste después de ella, entre la identidad y la máscara. Jackson no leyó a Walpole. Pero habitó ese conflicto con una coherencia que pocos escritores del género han sostenido durante treinta años de carrera.

Lo que el horror revela

Stanley Kubrick dijo una vez que el horror es el único género que puede provocar una respuesta física involuntaria en el espectador. Jackson lo sabía sin necesitar citarlo. Sus videos de terror no querían explicar el miedo: querían producirlo, y luego —giro característico— convertirlo en algo hermoso.

Thriller termina con una risa. Ghosts termina con un espejo roto. Dos maneras de decir lo mismo: el monstruo estuvo aquí. Y el monstruo era, desde el principio, el espejo de lo que la comunidad no quería ver en sí misma.

Dieciséis años después de su muerte, esa lectura no ha envejecido. Ha madurado.


 
 
 

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