top of page

La noche en que se inventó el horror moderno: 210 años de Villa Diodati

El 16 de junio de 1816, Lord Byron propuso un juego a sus huéspedes encerrados por la tormenta. De aquella semana nacieron Frankenstein y El vampiro — y con ellos, el imaginario que aún nos posee.


En el verano de 1816 ningún campesino del hemisferio norte sabía aún por qué los cielos se habían vuelto contra la cosecha. Lejos, en una isla indonesia llamada Sumbawa, el monte Tambora había estallado un año antes con una violencia que la geología moderna apenas alcanza a calibrar. Sus cenizas habían viajado hasta la estratósfera y se habían quedado allí, atenuando el sol, alargando los inviernos, hundiendo los campos en una primavera que no terminaba de comenzar. La historia lo recordaría como the Year Without a Summer, el año sin verano. Quienes lo vivieron lo llamaron, más sencillamente, una temporada de luz enferma.

En Suiza, junto al lago Lemán, una pequeña colonia de poetas ingleses descubría que la temporada prometida no iba a llegar. Lord Byron había huido de Inglaterra dejando atrás un divorcio escandaloso, las acusaciones de incesto con su media hermana y una deuda imposible. Lo acompañaba John Polidori, un joven médico genovés contratado como su asistente personal y, en secreto, comprado por su editor para que llevara un diario espía sobre el poeta. Byron lo despreciaba con la elegancia con que se desprecian las cosas útiles. En la villa cercana se hospedaban Percy Bysshe Shelley, su amante Mary Wollstonecraft Godwin —dieciocho años, hija de Mary Wollstonecraft y de William Godwin, ya madre de un niño y de un duelo—, y su hermanastra Claire Clairmont, embarazada de Byron y persiguiéndolo por toda Europa.

Cinco jóvenes, ninguno mayor de veintinueve, atrapados en la mansión que el poeta había arrendado a orillas del lago. Una villa llamada Diodati, donde Milton había vivido casi dos siglos antes.

Cuando la lluvia se volvió incesante y los caminos impracticables, la velada se convirtió en costumbre. Encendían las chimeneas, abrían las botellas, discutían de galvanismo —la ciencia recién nacida que aseguraba poder devolver el movimiento a los cuerpos muertos con descargas eléctricas— y se leían en voz alta. Confinados por la "lluvia incesante" a la villa que Byron había rentado en Cologny, el grupo leía Fantasmagoriana, una colección de relatos de fantasmas traducida del alemán al francés. La noche del 16 de junio, según los testimonios reunidos por Mary Shelley quince años después, la lectura los dejó tan electrizados que Byron lanzó la propuesta que el tiempo recordaría: we will each write a ghost story. Cada uno escribirá una historia de fantasmas. Oxford University Press

Lo que ocurrió a continuación es uno de los pocos episodios literarios en que el azar parece haber actuado con un propósito.

Percy Shelley empezó algo y lo abandonó. Byron escribió un fragmento sobre un viajero misterioso y lo arrumbó. Claire no escribió nada. Pero los dos invitados a quienes nadie consideraba escritores se entregaron al desafío con una seriedad inesperada. Polidori, herido por las humillaciones que Byron le infligía cada noche, tomó aquel fragmento abandonado y lo convirtió en The Vampyre — la primera narración en lengua inglesa que dio al vampiro la forma que aún reconocemos: aristócrata, seductor, mortalmente cortés, pálido depredador admitido en los salones de Londres. La criatura folclórica de los Cárpatos, sucia y brutal, se transformó en sus manos en un caballero europeo. Sin Polidori no habría Carmilla de Le Fanu, no habría Drácula de Stoker, no existirían Lestat ni Louis ni ninguno de los amantes inmortales que hoy pueblan la imaginación contemporánea.

Mary tardó algunos días más. Las primeras noches no logró pensar nada.

Hasta que una madrugada, tendida en la cama y aún despierta, vio con los ojos cerrados —ella diría siempre que fue un sueño que no era un sueño— a un estudiante pálido arrodillado junto a una criatura amarilla que abría los ojos. La imagen no la abandonó. Empezó a escribir lo que creía un cuento. Acabó siendo una novela. La tituló Frankenstein, o el moderno Prometeo, y la publicó dos años después, anónima, con un prólogo escrito por Percy que dejó creer durante años que el autor era él. Tenía veintiún años cuando el mundo leyó por primera vez la pregunta que aún no hemos respondido: ¿qué responsabilidad contrae quien crea una conciencia que no pidió existir?

Hay un detalle que la posteridad no ha querido mirar de frente. La sociedad literaria europea esperaba grandes obras de Byron y de Shelley, los poetas consagrados. Lo que recibió fueron dos libros escritos por la jovencita y por el médico despreciado. Las dos obras menores se volvieron canónicas; las obras mayores envejecieron como reliquias. En los ocho años siguientes todos los hombres que participaron en aquel concurso habían muerto: Polidori probablemente por suicidio, Shelley ahogado al hundirse su yate frente a la costa italiana, Byron de una enfermedad contraída en sus aventuras por la independencia griega. Solo Mary y Claire sobrevivieron. Solo Mary siguió escribiendo. Midnightsocietytales

Doscientos diez años después de aquella noche, las dos criaturas que nacieron en Diodati siguen recorriendo nuestra cultura como si nunca hubieran abandonado la villa. El monstruo construido en el laboratorio y abandonado por su creador es, hoy más que nunca, el espejo en que se miran nuestras inteligencias artificiales y nuestras tecnologías sin gobierno. El vampiro aristócrata, refinado y depredador, es la figura predilecta de toda ficción que quiere hablar de poder, deseo y supervivencia más allá de las generaciones.

Hay una posdata silenciosa. Hoy, 16 de junio, es también Bloomsday: el día en que transcurre íntegro el Ulises de Joyce, esas dieciocho horas en la vida de Leopold Bloom recorriendo Dublín. Joyce eligió la fecha porque fue el día de su primer paseo con Nora Barnacle. La coincidencia es exquisita. Una misma página del calendario alberga la caminata enamorada que fundó la novela moderna y la tormenta poblada de espectros que fundó el horror moderno. Quienes amamos las raíces oscuras de la literatura sabemos a cuál de las dos noches volveríamos primero.

En Kalmet recordamos a Mary Shelley y a John Polidori no como anécdotas de la historia literaria, sino como los autores que nos enseñaron a leer la propia época: la nuestra, llena de criaturas que nadie pidió crear y de depredadores demasiado bien vestidos.

Si la noche del 16 de junio de 1816 no hubiera estado tan oscura, no habría existido el resto de nosotros.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


Kalmet logo tipografico
EDITORIAL
  • Whatsapp
  • Instagram
  • Facebook
  • X

Audio creado con Suno IA

bottom of page